Angelie


Angelie. (Foto: Centennial, Gérman Gómez).

Una de las empresas para las que trabajé tenía como política hacer excursiones a distintos lugares de Guatemala. Recuerdo que Livingston fue uno de los destinos que ganó por mayoría. Todo aquel recorrido fue maravilloso, pasamos por Quiriguá, llegamos a Puerto Barrios y luego a Livingston en ferri.


Estuvimos por horas en ese colorido lugar, comiendo “rice and beans”, compartiendo con garífunas que nos invitaban a unirnos a sus bailes, degustando el pan de coco y disfrutando del clima sin ninguna preocupación del horario laboral. Éramos un grupo numeroso y como era de esperar no todos cumplieron con las normas de estar a cierta hora en el muelle para regresar a Puerto Barrios. Obscurecía y cuando finalmente estábamos completos, no había barco que nos llevara de regreso, entonces el encargado de Recursos Humanos decidió enviarnos por grupos en pequeños botes que no contaban con suficientes chalecos salvavidas. A pesar de las advertencias de los lancheros que sugirieron quedarnos en Livingston, ya que el mar a esa hora estaba “picado” y no ofrecían ninguna garantía; fue imposible convencer al encargado que nos permitiera dormir en Livingston porque dijo que ya estaba pagado el hotel en Puerto Barrios (después de ese incidente todos lo llamamos jefe de Recursos Inhumanos).


Aquello fue una experiencia terrible, una de mis manos aferradas a un costado de la embarcación y la otra al brazo del compañero que tenía a la par. Fueron horas que sentimos interminables atravesando el mar que no nos daba respiro. Entraba agua salada por todas partes, casi sin aliento llegamos empapados al otro lado, dos compañeros besaron la tierra en cuanto su lancha encalló. Fue una travesía de la que pasamos hablando y bromeando por meses.

Foto: @luzmaphotos

Creo que dije que no volvería, pero mi familia decidió aprovechar el descanso de Semana Santa para conocer y ahí estaba de nuevo subiendo una lancha (esta vez con techo). Tuve la sensación de que iba en un bus Esmeralda porque en media hora ya estábamos en Livingston, todos adoloridos por lo que esperamos al día siguiente para visitar Playa Blanca. La situación ya era tensa porque la lancha parecía estar en mal estado y tuvimos que trasladarnos a otra que no llevaba suficiente combustible, por lo que fue necesario pedir prestado a un lanchero que en ese momento llegaba por un grupo de turistas. Ya ubicados en Playa Blanca comimos pescado y ceviche, tomamos agua de coco, estuvimos un rato sintiendo como el viento acariciaba nuestros rostros mientras descansábamos en una hamaca.


Nuestra alegría no duró mucho pues el regreso fue peor, delante de mi iba un señor que se anudó un lazo a su mano izquierda y la derecha sostenía con fuerza a su bebé. La hermanita de siete años iba emocionada recibiendo toda el agua en su carita, quise ser como esa niña que se sentía segura al lado de su papá y su mamá que le decía: “agárrate fuerte”. Hice lo que mi madre me inculcó desde pequeña, una jaculatoria que repetía una y otra vez desde lo más profundo de mi corazón: “El Señor es mi protector en horas de angustia”. También, recordé la historia de un niño que contrario a los demás pasajeros, iba de lo más tranquilo en un vuelo en el que había demasiada turbulencia. El sabía que su padre era el piloto del avión y confiaba plenamente en él. Decidí ser como esa niña de la lancha y el niño del avión, confiar mi vida al cuidado de un ser supremo.

Foto: @luzmaphotos

Esta demás decir que regresamos con vida a Livingston, esa noche contamos nuestra experiencia a unos amigos que se encontraban en el lugar y ellos nos recomendaron a un lanchero de nombre Luis, con quien nuestro regreso a Puerto Barrios fue de lo más tranquilo: pudimos disfrutar el trayecto, tomar algunos vídeos y fotos. Y como si se tratara de una grata coincidencia nuestra barca se llamaba Angelie que significa mensajero o ángel.


Fotografías: @luzmaphotos

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