Cuando lo anormal nos parece normal

No pretendo en ningún momento, a través de esta columna, crear o incitar algún tipo de movimiento sedicioso o que busque, a través de la violencia, rehacer un cambio social. Lo que intento en mi escrito esta semana es más una reflexión sobre lo que ya nos parece normal, pero que no debería.

Cuando lo anormal nos parece normal. (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

En Guatemala, y me atrevería a decir en toda Latinoamérica, siempre ha habido una cartera creada para manchar el nombre de cada uno de nuestros países. Se me viene mucho a la cabeza el meme que dice «sáquenme de Latinoamérica», pero nunca un chiste me ha parecido tan real.


Desconozco si tengo la propiedad necesaria para hablar del tema, pero a como yo, a mi todavía corta edad, veo las cosas, siento que hay un deseo migratorio intrínseco en cada uno de nosotros. Muchas son las veces que escucho en la universidad «yo me quiero ir del país» o cuestiones como «no tenemos futuro». Me llena de mucho dolor escuchar esto, ¿por qué irte de tu hogar va a ser mejor que quedarte en él?

La deuda de Guatemala. (Foto: elFaro).

Y aquí es donde comienza mi reflexión. Guatemala ha tenido en toda su historia una suerte de juego con la corrupción que puede resultar a veces como algo ya propio del país. Como si este delito fuese ya algo que es «normal». Sin ser historiador, y sin pretender serlo, considero que es demasiado evidente que nuestra historia ha sido, está y muy probablemente estará manchada de movidas a beneficio de unos pocos, y eso solo damnifica al pueblo.


Es debido a esta costumbre, y que nuestra historia no haya cambiado sustancialmente de un momento para acá, que ya comenzamos a ver lo anormal, lo criminal y lo ilegal como parte del «encanto» que tiene nuestro país. Estamos tan acostumbrados a lo malo que lo bueno nos parece una maravilla, y no debería de ser así.


En una de mis clases, una catedrática mencionó algo que es muy real. La gente ya normaliza tanto que el país esté tan mal, que ya no hace nada, y es muy triste. La gente ha olvidado totalmente como alzar su voz, la gente ya no tiene en cuenta que es capaz de cambiar su realidad si se junta y se organiza.

La frase «los pueblos escogen a los dirigentes que se merecen» nunca ha tenido tanta verdad en sí misma. Es cierto que en ninguna circunstancia el pueblo debe sufrir, pero el pueblo no puede exigir algo por lo que no ha trabajado. En el país la política está tan manchada y tan mal representada que las personas ya terminan por evitar o ignorar los temas políticos y esto se puede reflejar, desde una perspectiva, en las elecciones. En la primera vuelta de las elecciones del 2019 solamente el 61% del total de la población emitió su sufragio, mientras que en la segunda vuelta solamente el 42% realizó su voto.


Este apartamiento de los temas electorales por casi el 50% del total de la población es un indicador que nos sugiere que algo no va bien, que las personas han demeritado (hasta cierto punto) el poder de su voto o que ya están totalmente desilusionados y decepcionados de como el sistema electoral funge con respecto a la representatividad. Existe un alejamiento de lo político, y este alejamiento produce una suerte de «ignorancia» que hace que los votos sean a «ciegas».

Es momento de darnos cuenta de que tenemos el poder de cambiar el futuro del país. Tenemos el poder de asegurarnos un mejor futuro, de cambiar el rumbo hacia uno mejor. Pero esto no se va a hacer por arte de magia, esto requiere un compromiso de querer hacer por parte del pueblo. Solo de esta manera podremos ilusionarnos por un futuro diferente, pero al final solamente nos queda aportar nuestro granito de arena, y después tener esperanza que los demás pongan el suyo.

 

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