Cuidado con nuestras percepciones

Algunas veces nos equivocamos sobre las personas, juzgamos por las apariencias y asumimos cosas que no son ciertas simplemente porque alguien mal intencionado nos ha mentido acerca de ellas.

Cuidado con nuestras percepciones. (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

En una ocasión un sacerdote comentaba que recién ordenado en la misión siempre iba una persona en estado de ebriedad a la misa y cuando lo veía en la fila para recibir la comunión, ponía una hostia sin consagrar debajo del copón. Pasado un largo tiempo pensó que tenía que ayudar al señor para que dejara el alcohol. Entonces le contaron que el hombre tenía una enfermedad que lo hacía perder el equilibrio y todo aquel que no lo conocía, creía que estaba borracho. El sacerdote sintió un gran dolor porque había hecho juicio de él.


Su testimonio me hizo recordar una experiencia similar que tuve cuando fui a realizarme unos exámenes de laboratorio y la encargada me entregó el comprobante para recoger los resultados, pero olvidó decirme a qué hora estarían listos. Varias veces le pregunté el horario de entrega, pero ella simplemente me ignoró, dio la vuelta y se fue por el pasillo. Esperé unos minutos, cuando la vi regresar volví hacerle la misma pregunta sin obtener respuesta, su conducta me estaba incomodando. Una persona que en ese momento ingresó al lugar se percató de lo que sucedía, entonces me dijo: «pregúntele de nuevo viéndole a la cara, porque ella es sordomuda, pero sabe leer los labios». Así lo hice y esta vez me escribió en un papelito la hora. Mi rostro estaba rojo de vergüenza, la misma persona me dijo: «no se preocupe, usted no sabía».


Por supuesto que no sabía, al igual que el sacerdote, pero como mencioné juzgamos a las personas por las apariencias, sin detenernos a pensar que muchas veces lo que percibimos está tan alejado de la realidad.


No tenía idea de cómo se siente una persona cuando alguien la ve con malos ojos, hasta que fuimos a un club nocturno con el grupo de la oficina, y nos acompañó una compañera que tenía un mes de haberse incorporado al equipo. Nunca habíamos hablado porque estábamos en diferente piso con horarios distintos, así que mientras los músicos tomaron un descanso, tuvimos la oportunidad de intercambiar unas palabras y conocernos mejor. Cuando el entretenimiento terminó, se ofreció llevarme a casa. Estando ahí, apagó el motor del vehículo y con voz temblorosa se disculpó conmigo y me dijo que alguien me había calumniado y ella me había juzgado mal, incluso había bloqueado unas cuentas para perjudicarme.


Tenía todo el derecho de estar enojada porque me habían difamado, y esta persona había hecho algo para dañarme. Sin embargo, en ese momento también pensé que se requiere coraje para reconocer algo así. Experimenté una profunda tristeza porque los seres humanos somos dados a los prejuicios, encasillamos a las personas y hacemos suposiciones como la que hicimos el sacerdote y yo.


La enseñanza de Sócrates a su discípulo es una lección que podemos poner en práctica cuando alguien se acerque con la intención de contarnos algo o nosotros mismos tengamos el impulso de hablar sobre el otro, apliquemos los tres filtros del filósofo griego.

Los tres filtros de sócrates. (Ilustración, Centennial: Luz Mariana Santa Cruz).

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