De qué hablamos cuando hablamos de amor


De qué hablamos cuando hablamos de amor. (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

¿Cuál es el campo del amor? ¿Por qué lo relacionamos con el matrimonio, el sexo, la reproducción o la monogamia? ¿Por qué lo relacionamos con todo? ¿Pensar al amor ayuda? ¿Qué tiene para decir la filosofía sobre el amor? ¿No es la filosofía amor a la sabiduría? ¿No es la filosofía, entonces, un acto de amor? Y ¿No padecen ambos la misma fatalidad? Estar buscando infructuosamente algo que siempre se nos escapa o peor, saber que aunque no hay nada no podemos dejar de buscar.


Bueno, vayamos desde el principio. En la versión cotidiana que nos ha llegado, el amor siempre está ligado a algo positivo. Digamos que hay una visión optimista del amor que se puede resumir así: «El amor trae la felicidad».


Claro, después están los hechos; e incluso, en cualquier reflexión que hagamos sobre el amor, se nos van abriendo otras perspectivas que lo sacan de este optimismo ingenuo. Sin embargo, hay un amor idealizado que se nos presenta como un punto de llegada, que parece teñir de felicidad toda la existencia. Pero, ¿realmente son el amor y la felicidad puntos de llegada definitivos?


¿El amor nos hace felices? El amor tiene en su origen el dolor. El nacimiento de Afrodita, de hecho, plantea otra realidad en uno de los mitos más importantes sobre el amor en el mundo griego.


Resulta que Urano, el dios del Cielo, y Gea, la diosa de la Tierra, estaban en el universo solos. ¿Qué pueden hacer el dios del Cielo y la diosa de la Tierra que están solos en el universo? Deciden tener hijos y así van poblando de cosas y de dioses al universo.


El mito del origen de Afrodita está relacionado con la propia etimología de su nombre. El término griego aphrós significa «espuma», y esto pudo llevar a la consolidación de la creencia de que esta diosa había nacido del mar. Según el mito más antiguo que nos ha llegado, recogido por el poeta Hesíodo, tras arrancar Cronos los genitales a su padre Urano, este arrojó los despojos de esta acción al mar, en las costas de Pafos, en la isla de Chipre. De la mezcla del semen y la sangre de Urano con la espuma del océano, nació la diosa del amor, ya adulta. Esta versión del nacimiento de Afrodita ha sido la más célebre, inspirando a artistas de todas las épocas (Rodriguez, 2017). El amor tiene en su origen el dolor.


Epicuro de Samos (341-270 a.C.) afirmaba que la felicidad se alcanza en la medida en que nada nos perturbe: «Ser feliz es alcanzar un estado de imperturbabilidad absoluta». Claro, que lo que más nos perturba es todo aquello que nos genera dependencia. ¿No se vuelve así el amor una fuente de perturbación permanente?


Cuando amamos, queremos que este estado dure para siempre. Pero el problema es que nada es infinito y así se genera una tensión de la que no salimos indemnes. El amor duele porque lo concebimos pleno y sin embargo, nunca cierra.


Los griegos no definían al amor de una única manera; una de ellas era a través del dios Eros. Eros es esa sensación que atraviesa nuestros cuerpos cuando descubrimos a la persona que estábamos buscando.


En términos cotidianos, Eros es lo más parecido a nuestro estado de enamoramiento apasionado. Eros es ese estado que modifica nuestra percepción sobre todas las cosas: todo se nos vuelve más dulce, más bueno, más interesante y profundo. Eros es estar flechado y no es solo una metáfora; sino que el dios Eros, en la mitología romana, era el dios Cupido, el dios niño que se manejaba con su arco y con su flecha.


Pero, ¿se puede estar así eternamente? ¿Es esta forma del amor algo que puede perdurar? Si Afrodita era la diosa que regía las relaciones sexuales, Eros era un dios con un poco más de alcance; ya que, como luego se deriva de su nombre, dota de erotismo cualquier actividad humana. Sócrates dice en el libro El Banquete de Platón: «Amamos lo que nos falta y, cuando lo encontramos, lo queremos para siempre». Pero, ¿una vez que alcanzamos el amor, dejamos de desear?


El amor surge de una carencia originaria. Lo humano se define a partir de la falta y el amor es el intento permanente por completarnos. Por eso, con el enamoramiento, las sensaciones de una sublime plenitud; alcanzar ese estado de plenitud a través del otro es completarse a uno mismo. Y cuando nos enamoramos apasionadamente nos sentimos plenos. Pero, ¿es esto posible? ¿Una vez que alcanzamos la plenitud, qué sucede el día después?


Eros ama en función de un faltante, de lo que a nosotros nos falta. El amor de Eros es un amor sin otro. Se trata de un amor que nunca puede colmarse. No nos abrimos al otro, sino que pretendemos que el otro encaje en lo que necesitamos; casi como si el otro debiera tener justo la forma que tiene ese vacío de nuestra carencia. Pero, lamentablemente, el otro nunca es lo que uno pretende, nunca encaja. Con lo cual se producen dos consecuencias: o el otro deja de ser el otro para encajar en mi modelo, o el otro no encaja y no hay vínculo posible.


Pero se puede pensar al amor de otro modo. La filosofía y activista francesa Simone Weil (1909-1943) afirma que el ser humano, por naturaleza, busca permanentemente expandirse, desplegar su ser, ejercer su poder (Weil et al., 2019). Lo humano se impone, se instala, acapara y va por todo. Pero, ¿podemos ir en contra de nuestra naturaleza? ¿Podemos ir en contra de nosotros mismos?


Simone Weil nos da una pista: ¿Y si el amor es una renuncia? ¿Y si el amor es una retirada? Eso a lo que los cristianos primitivos llamaban «amor como ágape. Se trata de otra manera de definir al amor; un amor que no cosifica, un amor desde la desapropiación y el desapego, un amor con el que no se gana, sino que se pierde, se da, se entrega. ¿Pero puede funcionar así en una pareja?


Theodor Adorno dice que «solo serás amado el día que puedas mostrarte débil sin que el otro lo aproveche para mostrar su fuerza» (Adorno, 1987). El otro muestra su debilidad y, sin embargo, yo no invado, no lo aprovecho; me resisto a ejercer al máximo mi poder, me retiro para que el otro sea. Hay una prioridad del otro, pero, sobre todo, hay una pérdida del yo; el otro no es una posesión, sino que se «desposee» a la pareja. Es casi un amor que va en contra de nuestra naturaleza y por eso tiene algo de excepcional, de extraordinario, de locura: un amor que está por fuera de la lógica y del intercambio. Si hay amor, no hay contrato; si hay contrato, hay acuerdos, estrategias, ganancias, pero nunca amor. El amor excede toda lógica, porque el amor es exceso.


Pero, entonces, ¿Qué es el amor? En nuestra cultura occidental y conservadora siempre estuvo ligado con otros conceptos que lo condicionaron y le impidieron otras perspectivas: la sexualidad, la monogamia y la reproducción. Este enjambre conceptual está en las bases de nuestra concepción sobre el amor, pero ¿podemos desarmarlo un poco y pensar al amor de otra manera?


Deconstruir el amor; pensarlo en sus múltiples perspectivas; desapegarlo de sus implicancias productivas; recuperar su espíritu originario, que, como toda búsqueda del origen, nos arroja en lo desfondado. El amor es un imposible que solo cobra sentido siendo posible y que, por ello, cuando es posible, nunca cierra. ¿Pero no es todo acto de amor un acto de apertura? Entre lo posible y lo imposible, el amor es esa conciencia partida que se pierde en el encuentro con el otro; un otro que nos saca de nosotros mismo y nos antecede. Retirarnos para que el otro sea. Sin estrategias, sin acuerdos y sin utilidad.


Ya ha ido demasiado la humanidad por el camino de la expansión de lo propio y la ganancia como único fin. ¿Y si probamos otra cosa? Ir en contra de uno mismo y amar, aunque se pierda por fuera de toda lógica, porque sí, ¿por qué no?

64 visualizaciones