Delincuencia en pleno verano


Delincuencia en pleno verano. (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

El 11 de julio me encontraba de vacaciones en California cuando escuchamos por la radio que la cadena de tiendas 7-Eleven estaba regalando Slurpees por su aniversario. Pasamos por unas granizadas gratis a la tienda más cercana. Estaba saboreando un Slurpee de mango que minutos antes había servido en la máquina dispensadora, cuando me enteré de que en distintas ciudades del sur del estado de California habían ocurrido cuatro tiroteos en diferentes tiendas 7-Eleven. Dos personas habían fallecido y otras estaban heridas.


Cuatro días después pasamos por el recién inaugurado Puente de la Calle 6 que conecta Boyle Heights con el Distrito de las Artes en el centro de los Ángeles. Según me comentaban, tardó seis años en construirse por un costo de 588 millones de dólares. A pocas semanas de su inauguración, lo estaban cerrando debido al vandalismo.


Los desafortunados incidentes me recordaron una investigación que el psicólogo James Rotton de la Universidad Internacional de Florida, realizó en varias ciudades de Estados Unidos sobre la proliferación de la delincuencia cuando hay climas calurosos y cómo crece la irritabilidad en las personas. A propósito de esta indagación, vino a mi memoria el asalto que presencié en un bus de una ruta ya desaparecida en Guatemala.


Recuerdo que abordé el transporte colectivo que en ese entonces salía de un punto de San Cristóbal del Municipio de Mixco y recorría el Periférico hasta llegar a la zona 1 de la ciudad capital. Delante de mí subió un joven de baja estatura que llevaba puesta una gorra, una sudadera floja y una mochila. Una voz interna a la que algunos psicólogos llaman «instinto» me decía que no subiera, porque con ese calor alguien que fuera abrigado de aquella manera podría ser un asaltante o estaba muy enfermo; pero eso implicaba esperar dos horas por otro transporte. De modo que decidí arriesgarme y con cierto recelo elegí el segundo asiento para estar lo más alejada de «el supuesto delincuente» que ya se había acomodado en la última fila.


El autobús inició su recorrido sin ningún contratiempo, cuando en una de las paradas del periférico, subió otro adolescente que sacó un arma de su bolsillo y le apuntó al piloto. Le gritó que continuara la marcha, a nosotros los pasajeros nos amenazó exigiéndonos que le entregáramos nuestras pertenencias a su compañero y si nos negábamos «nos metería un plomazo». Como estaba segura de que su cómplice era el que iba al final de la fila, pensé que tenía tiempo para esconder mis cosas debajo del asiento y así lo hice dejando tan solo un monedero de carita feliz y un folder azul sobre mis piernas.


Justo cuando llegó mi turno de entregarle las cosas, le mostré el monedero de carita feliz y el folder azul. Ahora que lo pienso esa «carita feliz» era como decirle «mira cómo me burlo en tus propias narices porque hoy no me vas a robar nada». Un tanto decepcionado, el pequeño de gorra y sudadera floja me preguntó si era lo único que llevaba, contundentemente le dije: Así es. De pronto alcancé a escuchar una voz femenina en el asiento de atrás que le susurró que algunas veces el dinero lo escondíamos en el sostén, el delincuente hurgo en mi busto sin encontrar nada. Molesto porque eso no era un buen robo, pasó a la primera fila y arrancó la cadenita del bebé que en ese momento estaba siendo amamantado por su madre.


Ambos se bajaron cerca de la colonia Bethania zona 7, un lugar catalogado como zona roja, llevaban la mochila llena de objetos que habían despojado a la mayoría de los pasajeros. La madre del bebé estaba inconsolable, por lo que saqué de mi bolso un jugo y se lo regalé. Cuando la mujer que le había sugerido buscar el dinero en mi brasier se percató que no me habían robado nada, se puso furiosa y empezó a reclamarme, yo también le dije que por su culpa me habían manoseado.


Era obvio que el asalto nos había afectado a todos y el ambiente se estaba poniendo tenso. Yo me sentía ultrajada, enojada por la manera tan ruin como habían arrebatado la cadenita al bebé; pero era un blanco fácil para que los demás pasajeros se desquitaran conmigo porque no me habían quitado nada. En esos momentos sentí miedo, dejé de discutir y me bajé lo más rápido del bus que fue asaltado un día de verano.

57 visualizaciones