Estudiar para ser más libres

Es interesante el planteo que se genera en términos paradójicos cuando pensamos en la escuela y su relación con los estudiantes, sobre todo porque la escuela tiene una fuerte impronta institucional que implica cierta normalización de los estudiantes que acuden a ella.

Estudiar para ser más libres. (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

La escuela es una institución y, en algún sentido, las instituciones buscan generar marcos de contención y ordenamiento. Pero, al mismo tiempo, el conocimiento y el trabajo que realizamos los docentes con relación a ese saber está absolutamente atravesado por nuestro ideal de pensamiento crítico.


Con lo anterior se genera, mínimamente, una paradoja: ¿cómo poder formar estudiantes en pensamiento crítico si el pensamiento crítico, entre otras cosas, puede poner en cuestión a la misma institución educativa?


Hay una frase de Nietzsche que a mí me fascina, del libro Así habló Zaratustra. Nietzsche dice algo así como que «no te otorguen un derecho que de por sí te pertenece» (Nietzsche, 1932). Y esta idea me parece que está buena para pensarla en el marco de esta paradoja, porque si lo que hacemos es fomentar el pensamiento crítico, al pensamiento crítico le va a estar faltando algo porque la clave del pensamiento crítico es la propia autonomía, el «piensa por uno mismo», que no implica ni necesita que haya de atrás una coacción o peor, la construcción de un espacio para que esto suceda.


Me acuerdo de una vez, en una universidad donde actualmente trabajo, donde estuve más de tres o cuatro meses trabajando en un autor fundamental para entender esta problemática de la escuela: Michel Foucault. Y terminé la última unidad hablando del examen como una figura normalizadora de la institución educativa. Lo gracioso fue que, después, les realice a mis alumnos un examen donde lo que les pedía era que describieran la crítica que Foucault le hace a la idea de examen. Mis alumnos, que habían entendido, me miraron diciendo: «Profe, se pasó».


Creo que, de alguna manera, se trata de deconstruir este dilema. Y por eso quiero terminar volviendo, como siempre hacemos en filosofía, a la cuestión originaria de las etimologías. ¿Saben de dónde viene la palabra «estudiante»? Es increíble, pero «estudiante» está asociado etimológicamente con la idea de «estupefacción».


Se han percatado de que, cuando decimos de alguien «me dejó estupefacto», ¿qué significa? Y, además, «estudiante» y «estupefacto» se asocian a otro término: «estupidez», porque el que estudia demasiado para el sentido común hegemónico, que nos quiere cuadrados industrializados y serializados, parecemos estúpidos, ¿no?


La estupidez, tal vez, ese salto que hace que no terminemos contenidos en estructuras que exigen de nosotros una manera de ser. Estudiar, obvio, siempre es una forma de ser más libre.

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