La amistad perfecta


La amistad perfecta. (Foto: Centennial, Gérman Gómez).

He ido publicando distintos temas de la filosofía, tratando de hacer de esta una manera de relacionarnos con las cosas; una forma de construcción de sentido, pero sobre todo, un ejercicio de la libertad; esto es, hacer de la filosofía la posibilidad de no tomar nada de modo definitivo, entendiendo que, cada vez que se nos presenta algo cerrado, como si estuviese en su distancia final, seguramente es porque le es funcional alguna trama previa; seguramente hay algún interés ahí dando vuelta, que no podemos ver y nos genera la obligación de agudizar la pregunta, de escarbar, de tratar de encontrar las otras perspectivas posibles a las que se nos presenta como obvias. Que se nos presentan como evidentes e incuestionables.


Por lo anterior, es interesante cuestionarse acerca de la amistad. ¿Qué son los amigos? ¿Por qué necesitamos tener amigos? ¿Qué tipo de relación es la amistad? ¿Será una cuestión específicamente humana? ¿Hay algo que une a los amigos, además de su amistad? ¿Todas las relaciones que tengo se pueden denominar amistad?


A lo largo de la historia, los filósofos reflexionaron mucho sobre la amistad y, a partir de ella, fueron comprendiendo cada vez mejor cómo nos relacionamos con los otros y, en especial, con el otro.


Un filósofo como Aristóteles (385-323 a.C.) entendía que hay dos tipos de amistad: la amistad perfecta y la amistad imperfecta.


La amistad imperfecta, la más común de las dos, está basada en el placer o en la utilidad. Es imperfecta porque depende siempre de un elemento exterior a la relación. Por ejemplo, el caso de dos amigos que les gusta el fútbol: esta es una relación de placer, el placer de compartir una misma pasión. Pero, ¿qué pasaría si alguno de ellos no le gustara más el fútbol? ¿Seguirían siendo amigos?


Pensemos en otra situación: dos compañeros de trabajo. Uno tiene vehículo y el otro no. Una de las partes lleva al otro todos los días al trabajo, por lo que podemos decir que esta relación es muy útil, pero es para ambas partes, ya que existe una reciprocidad, un regreso en el favor, pues la otra parte acompaña al conductor en su trayecto hacia el trabajo y lo escucha todos los días en su incontinencia verbal. Una clásica relación de amistad basada en el principio de utilidad.

Ahora, pensemos: ¿alguna de nuestras relaciones escapa a la lógica de la utilidad o del placer? ¿Hay amistades que no sean imperfectas? La filosofía clásica (siglo VI – siglo I a. C.) entendía que sí y que la amistad era una relación especial, diferente a las anteriores, que se fundaba en la virtud.


Una amistad perfecta, pensaba Aristóteles, es sobre todo una relación ética. Soy amigo del otro por lo que el otro es en sí mismo y no por lo que el otro me da u obtengo por estar con él. Una amistad perfecta es aquella en la que, aun en contra de mi propia conveniencia, obro por el otro; una relación en la que se entrega todo por este otro, porque de ese modo estamos mejorando la humanidad entera.


Pero, ¿la amistad perfecta es posible? Si fue hasta el mismo Aristóteles quien parece que una vez le dijo a sus amigos: «Amigos míos, la amistad no existe» (Diógenes Laercio & Garcia Gual, 2016). Por otro lado, para Aristóteles, en la amistad tiene que haber: semejanza y reciprocidad.


¿Qué es la reciprocidad? Se trata de pensar la amistad como una relación de ida y vuelta; es decir, soy amigo de quien es mi amigo. Si la amistad es reciproca, se vuelve entonces una relación de intercambio, una relación que no es unilateral; doy y recibo en una circulación del dar, que convierte a la amistad en una especie de circuito de compensaciones.


Y no es que uno dé sólo para recibir, pero, si sólo doy y no recibo, parecería que no hay amistad posible: uno no es amigo de quien no es amigo de uno, ¿no? Y sin embargo, de este modo se estaría volviendo la amistad un contrato entre las partes, similar a cualquier transacción económica.


Pero, además de la reciprocidad, hablábamos de semejanza: La semejanza supone, para Aristóteles, que mi amigo es como un otro yo; nadie entabla amistad con alguien radicalmente opuesto a uno, sino que siempre tiene que haber algo en común (Aristóteles, s. f., lib. VIII). El tema es: ¿cuánto?


Y surge otra pregunta: ¿No están, de algún modo, cada uno de nosotros promoviendo nuestro propio yo? Si la amistad es semejanza, ¿quién asemeja a quién? ¿No hay siempre un yo imponiéndose sobre un otro?


La cuestión de la amistad nos lleva a pensar en nuestras formas de relacionarnos con el otro. Hay una idea del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) que dice que «mi mejor amigo es mi peor enemigo». Pero, ¿qué es para Nietzsche un enemigo? ¿Quién es mi enemigo? Mi enemigo es aquel que, en su afán de querer señalar mis defectos o de destruirme, me obliga a hacerme cargo de mis limitaciones; me hace más consciente de mis ataduras y, por eso, lo rechazo. El enemigo es el extraño, el invasor, el delincuente, el monstruo, el extranjero; es el que viene a sacarme lo que es mío; es el que viene a sacarme de mi mismo.


¿Cómo nos relacionamos con el otro? Es muy interesante cómo esto se visualiza en la tradición bíblica. Saben que la mayoría de los relatos bíblicos ocurren en el desierto y el valor más importante en el desierto es la hospitalidad.


¿Qué es la hospitalidad? Es la capacidad de estar abierto al que viene. En el desierto no hay casas, no hay puertas; la gente vive en tiendas y las tiendas son la metáfora viva de un lugar siempre abierto que pone más el acento en recibir al otro que en encerrarse uno mismo.


Era como una «ética» propia del desierto, que cuando un extranjero llegaba, la tienda siempre lo recibía. Muy interesante para tiempos como el nuestro, donde estamos mucho más preocupados en poner cualquier cantidad de cerrojos a la puerta y encerrarnos en nuestra morada de piedra. Y ustedes, ¿a quién no les abrirían la puerta de su casa?


Ser hospitalario con quien uno cree que se lo merece, no es ser hospitalario. La verdadera hospitalidad comienza cuando nos animamos a abrir la puerta siempre.


Referencias:

Aristóteles. (s. f.). Ética a Nicómaco.

Diógenes Laercio, & Garcia Gual, C. (2016). Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. Alianza Editorial.

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