La identidad como un texto

La palabra «identidad» proviene del latín «idem», que significa «lo mismo». O sea, lo que se repite siempre igual; «semper idem», como diría el jurista romano Marco Tulio Cicerón.

La identidad como un texto. (Foto, Centennial: Gérman Gómez ).

Entonces, parecería que, para responder a la pregunta acerca de nuestra identidad, deberíamos encontrar algo inmutable en nosotros, algo que no cambie nunca. Pero, ¿se puede pensar la identidad así en el mundo de hoy? ¿Se puede encontrar algo que no cambie en un mundo donde todo cambia?


Tal vez una identidad estable nos brinde un poco más de seguridad, nos ayude a entender quiénes somos. Pero también, tal vez, nos asfixie y nos condene a abandonar la búsqueda. ¡Paradójico! ¿O alguien cree que la pregunta por la identidad tiene respuesta?

Un ente es idéntico a sí mismo.

El principio de identidad es uno de los principios que la filosofía occidental ha postulado para ordenar lo real, el mundo que nos rodea. La identidad nos asegura que cada entidad es idéntica a sí misma, o sea, que cada cosa es lo que es y no es otra cosa: «Un ente es idéntico a sí mismo».


La identidad es lo que define la naturaleza o esencia de cualquier entidad, sea una cosa, una persona o un grupo. Esta naturaleza puede ser reconocida por sí misma, sin considerar sus elementos accidentales; por ejemplo, prácticas de consumo, ideología, religión, idioma, ropa, color de cabello o cualquier otro factor accidental.


Lamamos a esta forma tradicional de pensar la identidad con el nombre de esencialismo. Por definición, es aquello que hace que una cosa sea lo que es y no otra cosa. Algo que se mantiene sin cambiar mientras todo el resto puede modificarse. ¿qué es lo que no cambia nunca en una persona y que podemos, por ello, considerar su esencia?


La respuesta fácil sería separar de la persona sus ropajes de su esencia. Es decir, tendríamos, por un lado, su vestimenta, sus consumos, sus prácticas cotidianas, sus costumbres y todo lo que lo conecta con su aquí y con su ahora. Por otro lado, si descartáramos todas estas características circunstanciales, esta persona seguiría siendo «la persona»; o sea, nos encontraríamos, supuestamente, con su esencia, con algo más profundo que lo define. Y, sin embargo, ¿esta persona «desnuda» no está todavía inscrita en un aquí y en un ahora?


Digamos, todavía es «la persona» porque tiene un nombre. ¿Y no es el nombre un producto de la cultura?


¿Hay algo más allá de lo circunstancial y lo accidental que hace a cada persona? Si la respuesta es sí, estaríamos hablando de esencias. Si la respuesta es «no», se nos empieza a desmoronar un concepto clave del pensamiento occidental. Porque si no hay nada más allá de las circunstancias que define lo que el individuo es, ¿cómo sabríamos que siempre hablamos de él?


De todas maneras, el esencialismo tiene problemas más grandes; cuando pasamos de pensar en identidades individuales a identidades colectivas (nacionales, religiosas o culturales).


¿Y si lo que denominamos «identidad» en sentido estricto no existe? O mejor, ¿qué pasa si lo que consideramos «esencias» no son más que construcciones de sentido hechas por el hombre de acuerdo con intereses, procedencias o contextos particulares? ¿Qué pasa si pensamos que la idea de esencia responde más bien a una cuestión de poder? Esto es pretender fijar una idea particular como si fuese una idea verdadera para que nadie pueda modificarla.

¿Qué pasa si cambiamos el fundamento mismo de la identidad y empezamos a pensarla más como una certeza, como una búsqueda? ¿Qué pasa si, en vez de preguntarnos quiénes somos, nos preguntamos qué vamos siendo, cómo nos vamos creando mejor a nosotros mismos? ¿Qué pasa si entendemos que todo lo que pensamos como natural, lo que concebimos como «naturaleza», no es más que una construcción de sentido?


Por otro lado, está el contingencialismo, término que se opone a lo necesario. La contingencia postula que las cosas pueden ser siempre de otra manera. Mientras que la necesariedad sostiene que las cosas solo pueden ser de una manera y así es para siempre.


Una identidad contingente subraya el carácter cambiante de lo real; las cosas devienen siempre porque su sentido, que es establecido por los hombres, cambia siempre.

El hombre era un alma encerrada en un cuerpo.

Para los antiguos griegos, el hombre era un alma encerrada en un cuerpo; mientras que para nosotros hoy, somos una especie más de la que habita en este planeta y estamos en constante transformación. ¿Pero hay un ser humano en sí? ¿Hay una definición de la esencia del hombre o el hombre es un ser contingente que se está transformando y reinventando todo el tiempo? Como diría el filósofo presocrático Heráclito de Éfeso: «Nadie puede bañarse dos veces en un mismo río». Lo que concebimos como naturaleza no es más que una construcción de sentido.


Lo contrario al esencialismo no es una sociedad donde un conjunto de «yoes» elijan libremente qué quieren ser a cada hora del día. Esta forma de entender la identidad confunde la libertad con el relativismo.


En definitiva, la identidad se puede entender como un «texto». Es un relato que nos hacemos nosotros mismos sobre nosotros mismos. Nos contamos a todo momento lo que somos. Nos contamos para contarlo.

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