Más allá del bien y el mal

¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? Pensar en el bien y el mal es adentrarse en el campo de la ética. No podemos comprender al bien, sino en su relación permanente con el mal. Parecería que entender al bien, es entender al mal y viceversa. Sin embargo, vivimos una cultura que tiende hacia el bien y hace del mal su peor enemigo.

Más allá del bien y el mal (Foto: Centennial, Gérman Gómez).

Todo lo que hacemos está atravesado por un juicio valorativo; antes que nada, incluso antes de pensar, las cosas se nos presentan como buenas o malas. Y así, cuando queremos entender qué es el bien, buscamos una explicación del bien que esté bien. ¿No será que primero valoramos y después pensamos?


Cómo explica la filosofía la diferencia entre el bien y el mal, y, sobre todo, cómo explica la filosofía la necesidad de elegir al bien y rechazar al mal.

Platón coloca por encima de este mundo, como idea superior a la idea de bien.

Para Platón, el bien era lo único realmente existente. El mal era ignorancia, es decir, que, si todos estudiáramos, si nos educáramos correctamente, decía Platón, nadie incurriría en el mal. Platón coloca por encima de este mundo, como idea superior a la idea de bien. Algo es bueno en la medida en que se acerca lo máximo posible a este modelo. Se trata de un bien ontológico y no moral, como cuando decimos «una buena mesa o un buen maestro». Para Platón, el bien, por ser ontológico, se vuelve moral.


En esta línea: ¿Qué es una buena persona? Aquella que hace lo que un ser humano tiene que hacer por naturaleza, pensar. Y si se piensa bien, nadie cometería el mal. Para Platón el mal no existe, es pura ignorancia.


También existen las posturas maniqueas, que entienden que el bien y el mal son dos fuerzas que comparten el interior del sujeto; son dos realidades existentes que libran una batalla en el interior del ser humano.

Dios no tiene que ser malo para ser omnipotente.

Pero el maniqueísmo resulta inaceptable, sobre todo porque nos condena a aceptar cierta limitación en la naturaleza misma de Dios. Solo si el mal no existe, Dios no tiene que ser malo para ser omnipotente. Es que, por definición, Dios es tanto omnipotente como soberanamente bueno, pero ambos rasgos resultan contradictorios; si Dios todo lo puede, tiene que poder ser malo, pero si Dios es malo, ya no es soberanamente bueno. ¿Cómo resolver este conflicto? Negándole entidad al mal.


Por otro lado, hay posturas filosóficas que lo que buscan es deconstruir las formas tradicionales de la ética. Nietzsche dice que lo que se hace por amor se hace «más allá del bien y del mal» (Nietzsche, 2018) y eso nos da pie para poder entrever los contornos ambiguos que hay entre las dos categorías. ¿Nos sirven las formas tradicionales de entender el bien y el mal para pensar nuestra ética contemporánea?


Por ejemplo, si pensamos en el bien en sí mismo, podemos encontrar que el bien permanentemente libra una batalla contra el mal, o sea, que el objetivo del bien es estar peleando permanentemente contra el mal y diferenciarse de él. Ahora, el día que el bien termine de vencer al mal, ¿Qué le queda? ¿Seguiría teniendo sentido el bien en un mundo donde el mal ya no exista? Y digo esto porque nos hace repensar hasta qué punto el bien necesita del mal para diferenciarse. El día que el mal desapareciera, el bien dejaría de poder identificarse, dejaría de poder diferenciarse de su opuesto. O sea, que el bien necesita que el mal exista. ¿Y no será que el bien, muchas veces, genera las condiciones para que el mal siga subsistiendo? ¿No es eso un acontecimiento realmente malicioso? Esto quiere decir, que el bien, en realidad, estaría lleno de mal.

Sus maldades estaban, en realidad, siendo hechas para el bien de una sociedad.

Todos los grandes malos de la historia afirmaron que sus acciones siempre fueron hechas en nombre del bien. Hablo de dictadores o asesinos. Siempre el fundamento y justificativo era que sus maldades estaban, en realidad, siendo hechas para el bien de una sociedad, de una comunidad o hasta de la humanidad. Los más grandes exterminios de la historia se han hecho en nombre del bien.


Los límites entre el bien y el mal se nos vuelven difusos. El bien se nos va volviendo el mal y el mal se nos va volviendo el bien. ¿No será que hay algo en la formulación de ambos que necesitamos repensar?


Hannah Arendt inició un camino de replanteamiento de la ética cuando formuló el concepto de «banalidad del mal» (Arendt, 2018). Los actos más crueles hacia el otro, muchas veces se ejecutan persiguiendo un propósito bien banal.


Arendt escribe sobre Auschwitz: «Esto no tendría que haber pasado; allí sucedió algo con lo que no nos podemos reconciliar». Reconciliar supone, de alguna manera, la posibilidad de una explicación. Pero el siglo XX fue un siglo en el que las categorías explicativas de la ética sucumbieron frente a la autodestrucción que el hombre hizo de sí mismo. ¿No tendremos que poder vislumbrar un horizonte más allá del bien y del mal? ¿Cómo sería?

La teodicea permite la articulación de razones que explican cualquier fenómeno, quitándole así su carácter de excepcionalidad.

Emanuel Levinas sostiene que, con el siglo XX, vivimos el final de cualquier teodicea. ¿Qué es Teodicea? Es el intento de encontrarle una justificación al mal (Levinas, 1993). La teodicea permite la articulación de razones que explican cualquier fenómeno, quitándole así su carácter de excepcionalidad. Por ejemplo, si frente a un homicidio incomprensible sostenemos que hay razones en la naturaleza humana que explican este tipo de acciones, el problema es que buscamos sostener la armonía, el final feliz, la razón oculta que nos deje tranquilos, que lo que tenía que pasar iba a pasar igualmente.


Lo que plantea Lévinas es que, justamente, el mal vivido en el siglo XX no cierra y no tiene que cerrar. Tenemos que resistir todo intento de justificar lo injustificable, y por eso, frente al mal injustificable, solo cabe una cosa: resistir con un bien injustificable. El otro siempre es más importante que yo.


Ante la presencia del mal radical, la ética responde con una asimetría: primero siempre está el otro. Hay una prioridad indiscutible del otro, del otro que sufre, del otro que necesita, del otro que irrumpe y me exige. Debemos asumir que la primacía del «yo» no ha generado las condiciones de hospitalidad para el otro, sino que, por el contrario, todo el dispositivo de la modernidad parecería basarse en su exclusión.


Tal vez de lo que se trate sea de comprender que nuestra moral vigente solo cumple el objetivo de una expiación egoísta. Pero el bien, como sostiene Lévinas, siempre es del otro. De ese impersonal que excede toda relación entre un yo y un tú y que se coloca por fuera de toda negociación o estrategia.


Se puede fundar otra ética o, mejor dicho, después de las masacres y las atrocidades de los últimos tiempos, se debe. Una ética que se funde en la responsabilidad infinita que tengo frente al sufrimiento del otro.


Referencias de estudio:

  • Arendt, H. (2018). Sobre la violencia. Alianza Editorial.

  • Levinas, E. (1993). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI.

  • Nietzsche, F. (2018). Mas allá del bien y del mal. Mestas.

Portadas de libros de referencia. (Foto: Centennial, Gérman Gómez).

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