Mi vocación es mi profesión

Confieso que uno de los temas que más ha llamado mi atención a lo largo de estos últimos años está relacionado con mi trabajo, con lo que hago para tener una retribución económica, pero más allá de eso, lo que, sin pensarlo mucho, me lleva a despertarme cada mañana y en muchas ocasiones, pasar noches breves de sueño.

Mi vocación es mi profesión. (Foto: Gérman Gómez/Centennial)

Me dedico hace aproximadamente cuatro años a la docencia, pero en este periodo de tiempo nunca he percibido mi quehacer diario como un trabajo, en realidad es algo que concibo como mi vocación.


La docencia es un compromiso con cada estudiante que, como maestro, asumo la responsabilidad de trabajar con todos mis estudiantes, especialmente con aquellos que tienen desafíos particulares, para ayudar a alcanzar su potencial y lograr el éxito en todo lo que hacen. La educación se basa en la libertad y el amor. La formación requiere libertad de pensamiento, abandono de cualquier idea prestablecida que interrumpa el proceso de aprendizaje. Esto es normalmente lo que entendemos por libertad de enseñanza: garantizar una educación basada en principios éticos y virtudes que garanticen el pleno desarrollo del individuo.


Por otra parte, la libertad precisa actividad. El perezoso no es libre y no puede seguir su vocación por comodidad, por buscar solo el menor esfuerzo.


Pero, sobre todo, la vocación tiene su asiento en el amor. El amor por la tarea que se hace, amor lleno de alegrías, lleno de ilusiones, capaz de superar las dificultades, amor a pesar de todas las dificultades, se produce con un sentimiento gozoso.


Quien trabaja sin amor, o sin amor por el trabajo, trabaja sin verdadera vocación, pero lo hace como un medio de subsistir. Cualquier trabajo puede ser objeto de nuestras ilusiones y de nuestro amor.

El propósito de la enseñanza es ayudar a cada estudiante a aprender y crecer.

Quien tiene vocación al entrar en el aula se interesa por cada uno de los alumnos, que es una persona, alguien y no algo, por tanto, un ser dual formado por una parte biológica y una parte espiritual perfectamente ensambladas e incidiendo constantemente la una en la otra. El propósito de la enseñanza es ayudar a cada estudiante a aprender y crecer. Por lo tanto, es fundamental que lleguemos a conocer a cada estudiante a nivel personal para construir una relación con ellos, construir un vínculo entre docente y estudiante que rompa cualquier esquema tradicional jerárquico en donde los jóvenes temen a quien debería ser su guía y facilitador de conocimiento y retos.


Quien tiene vocación y quiere ser bueno y servir a los demás debe aprender a desafiar a sus limitaciones, a aceptar que hay mucha gente mejor que él en el mundo, a asumir que la crianza de los jóvenes no puede ser igual a la que le ha sido arrebatada por el mundo, pero que es necesario que él sea capaz de educarlos. Los que tenemos verdadera pasión por nuestra profesión tendemos a desarrollarla con el máximo respeto y no aceptamos trabajos de mala calidad o más bien, no aceptamos mala voluntad en los trabajos de quienes nos acompañan en este proceso. Nuestra labor docente la vemos como un trabajo noble y encontramos motivación para sobresalir en el trabajo.


Por otra parte, considero que el buen educador tiene una fuerte aptitud vocacional en su vida ya que da ejemplo a los alumnos. Es a través de su actitud y comportamiento como docente, donde el alumno aprende de manera más efectiva que con las meras palabras del educador. La pregunta es ¿Quién quiere ser educador? Te convertirás en un ejemplo constante para tus alumnos cuando les muestres cómo tomar una lección y aprender de ella.

El profesor debe dejar su huella en el estudiante.

El profesor que tiene el don de poder enseñar deja un legado en sus alumnos, y no quiero decir que el alumno deba apegarse al profesor simplemente porque el estudiante fue absorbido por la voluntad del profesor. Sin embargo, el profesor debe dejar su huella en el estudiante para que el estudiante tome acciones por su propia voluntad. Debe dejar una marca para que lo sigan.


El profesor con vocación no está pendiente de modo exclusivo de las notas, de ese número frío que refleja los conocimientos adquiridos en la memoria estudiantil, que origina tan duros juicios por parte de padres y de profesores.


Educar requiere algo más que ayudar a los estudiantes en un área específica. Un buen educador debe ayudar plenamente a los estudiantes en todas las áreas. Si quieres educar a un alumno en el sentido más profundo de esta palabra, debes ayudar completamente en todas las formas posibles, no solo en algunas en particular.


Por eso es tan importante tener las habilidades y talentos correctos al enseñar. Es crucial tener habilidades tanto artísticas como intelectuales, así como la capacidad de comunicarse bien.


Los mejores maestros no solo son hábiles en el área de enseñanza que eligieron, sino que también pueden comunicarse bien. Pueden motivar a los estudiantes e inspirarlos. Son capaces de hacer que las lecciones sean atractivas e interesantes. Son capaces de explicar las cosas con claridad y eficacia. Son capaces de proporcionar refuerzo positivo y retroalimentación. Son capaces de ser flexibles y adaptar sus lecciones para satisfacer las necesidades de sus alumnos. Son capaces de animar y motivar a sus alumnos.


En resumen, creo que todo lo desarrollado anteriormente solo es una excusa de la que me he valido para contar un poco sobre lo que entiendo debe ser el perfil de un docente que ama lo que hace, que hace lo que ama, que reconoció su vocación.


Esto es una invitación para que piensen si ya son lo que una vez se plantearon ser, yo ya lo hago. Estaré muy feliz de escuchar sus pensamientos sobre este tema.

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