Sororidad


Sororidad. (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

Hace unos días encontré unos apuntes que escribí sobre las cosas que aprendí de una mujer. La lista iba desde cómo hacer un embudo para llenar el tanque del vehículo en caso de una emergencia, el uso adecuado de un tampón para que no me ausentara nuevamente a las clases de natación, el truco del esmalte de uñas sobre una media rasgada o hasta cómo usar el bicarbonato de sodio para blanquear la ropa.


Seguí avanzando en la lectura, descubrí que una de esas mujeres me enseñó el valor de la amistad cuando se atrevió a subirse conmigo a mi primer automóvil, un Datsun 210, a pesar que sabía que era mi primera experiencia al volante y ella no sabía manejar. Otra me alcanzó una cajita de Kleenex para que me animara a llorar, las más atrevidas me acompañaron por un viaje a Panajachel y Esquipulas con un escaso presupuesto, al estilo mochileras.


La lista tenía algo en común: sororidad. Reí recordando cosas que pasaron cuando apenas éramos unas adolescentes usando el mismo rímel o lápiz labial, sin ninguna preocupación de adquirir conjuntivitis o alguna micosis. Los vestidos eran para la comunidad y si alguna no tenía para ir a la fiesta compartíamos. No había competencia por quien luciría mejor. Unas con otras nos apoyábamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para vernos bellas. Si alguna preguntaba: «¿Cómo me veo?», siempre respondíamos con empatía: «Quizá hay que quitar un poquito de maquillaje».


Cuando alguien no tenía dinero para las excursiones rompíamos la alcancía para que pudiera acompañarnos, nos ofrecíamos como mediadoras cuando los padres se ponían estrictos y no querían dar algún permiso, como si eso fuera alguna garantía que todo iba a marchar bien. Era como decirles: «No se preocupen, su hija adolescente está a salvo conmigo que también soy adolescente», y no sé por qué extraña razón la mayoría de veces este artilugio daba resultado.


Teníamos una especie de pacto que decía: lo que a ti te pase, es mi problema. A donde tu vayas, iremos todas, comeremos, reiremos y lloraremos juntas en la misma mesa. Sosteníamos lo que se puede decir una hermandad en la que se respetaban las ideas y las decisiones.


Los tiempos cambiaron, cada una tomó caminos diferentes, pero ya habían marcado de tal manera mi vida, que el nuevo círculo de mujeres con las que en adelante habría de compartir tendría que poseer las mismas características: unidad, empatía y sencillez.


Me siguen enseñando cosas: a detener la mirada en lo verdaderamente importante, a oler el peligro, a escuchar la voz de mi cuerpo, a practicar el amor propio, a cuidar mi cabello rizado, a preservar las orquídeas y hablarle a las violetas, a bailar bajo la lluvia, a respetar las ideas y sobre todas las cosas a tener fe.


Ya no somos ese grupo de adolescentes que se colgaba una mochila al hombro para ir a conocer bellos parajes, se aplicaban el mismo crayón de labios o máscara de pestañas para ir a las fiestas, pero seguimos cultivando algo que entre mujeres es tan valioso: sororidad.



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