Valentina

Este año tomé la decisión de recibir clases de guitarra, y empecé por pulir Romance Anónimo, una melodía que había dejado inconclusa hace tiempo. Luego, mi profesor me puso a estudiar Greensleeves, y yo elegí otro tema que había escuchado en un disco de guitarra clásica: Dance for a Fugger Lady.

Valentina (Ilustración, Centennial: Gérman Gómez).

«Valentina», así le llame a la guitarra Fernández Andalucía, que fue reparada después de una caída que tuvo cuando un par de patojos inquietos la botaron y rompieron parte de su cabeza, a pesar de eso aún sonaba bien. El lado donde la restauraron apenas se notaba, pero yo que sí sabía, la trataba con más delicadeza. Valentina seguía con vida y sus arpegios me acompañaron el tiempo que me llevó recuperarme de una fractura en el pie izquierdo, también fue mi compañera de habitación cuando me aislé porque salí positiva al COVID. Cada vez que la tocaba era un deleite escuchar el sonido que salía de su cuerpo. Agradecí tenerla conmigo en esos momentos de dificultad. Yo pienso que ella también sintió alegría que no la haya tirado a la basura después del accidente.


En agosto la academia ofreció un recital en el que participamos la mayoría de los alumnos. Compartí escenario con un alto porcentaje de niños y jóvenes talentosos que tenían dominio de distintos instrumentos. Yo estaba retomando las lecciones de guitarra clásica, con el fin de gozar la armonía de las notas de Valentina. Nunca tuve la intención de participar en un recital y mucho menos pararme en un escenario con luces y transmisión en vivo. Así que cuando supe del concierto empecé a experimentar cierta inquietud. A modo de broma le dije a mi maestro: «No me haga esto, mi época de tragar saliva en un escenario ya pasó». Recordé las veces que tuve que subir a declamar en mi escuela, las estrategias que usaba para dominar los nervios y no olvidar los versos.


Previo a la presentación tuvimos un ensayo y cuando llegó mi turno, confiadamente caminé, acomodé mi pie, tomé a Valentina en mis brazos y en un instante olvidé todas las melodías. El profesor estaba listo con su cámara para grabar en vídeo, lo que considero, fue el momento más bochornoso de mi vida adulta. Traté de guardar la calma y pedí un atril para colocar las partituras, pero en ese momento no había ninguno disponible, de manera que si no recordaba nada no podría ejecutar las piezas.


Como si fuera esa niña que recitaba versos en la primaria, me las ingenié para interpretar pequeños pedazos de acordes que vagamente recordaba. Pude ver el rostro de asombro en el maestro y la cara de incredulidad de mi hija que me preguntó: ¿Qué fue eso? No me dio tiempo a contestarle y lanzó la pregunta de distinta manera: ¿Quisiste hacer un remix?


«No sé qué fue eso, de lo que estoy segura es que mañana no voy a tocar en el recital», le dije. Mi lógica decía que, si eso me había sucedido sin tanto público, al día siguiente sería peor. Sostenía a Valentina en la mano y parecía que ella quería hablar, animarme como lo había hecho antes para que no me diera por vencida y compartiera con las personas unos minutos de música.


Aun así, el sábado a pesar de los nervios subí con Valentina a un escenario que esta vez sí tenía atril y partituras, aunque casi no fue necesario leerlas. Sin embargo, mis dedos estaban temblando y me costaba trabajo controlarlos. Durante el receso se me acercaron algunas personas y me felicitaron, una de ellas me dijo que se requería valentía para subirse a un escenario, que ella siempre había querido tocar el piano, pero no se atrevía. Yo le confesé que los dedos me temblaban cual gelatina, entonces me contó que lo había notado porque estaba al frente, no obstante, otra persona que estaba en la parte de atrás dijo que le había gustado la calma con la que había ejecutado las piezas.


Cuando le comenté a un amigo guitarrista lo que me había pasado, me contó que la primera vez a él le tiritaban las piernas. Eso no fue consuelo en ese momento, pero después dijo algo que me recordó el principal objetivo de tocar el instrumento: «La música se hizo para disfrutarla». Mi amigo había acertado, esa siempre fue mi principal motivación desde que entré a una tienda de instrumentos musicales y vi a Valentina esperando a que mis manos la tomaran y mis dedos que en ese entonces no tenían tanta experiencia tocaran sus cuerdas para que ella pudiera hablar.


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